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Hay una razón por la cual Jaime Torres llega a trabajar al “Holiday Cleaners” en Midtown Palo Alto a las 4 de la mañana bajo un cielo oscuro lleno de estrellas. Hay una razón por la cual ha llegado por veinte años seguidos en la madrugada al estacionamiento vacío. Desde sus días viviendo en Michoacan, México, Jaime aprendió lo que es trabajar duro y lo que significa el sacrificio. Empezó a sembrar maíz a los cinco años, y en primaria tuvo que salirse de la escuela para poder mantener a su familia. Desde ese entonces, Jaime ha seguido con la misma filosofía. Hoy en día sigue mandando $1,500 mensuales a su familia en México además de mantener a su hijo y esposa. Jaime te dirá en su propia manera humilde que le gusta trabajar y que le gusta contribuir a su comunidad, pero hay una razón mucho más profunda por la cual Jaime y su esposa Josefina han trabajado tan duro por tanto tiempo.

Si le preguntas porqué lo hace, dejará de doblar camisas, apagará la plancha y te mirará en los ojos.

“Para mi hijo,” te dirá.

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Jaime Torres sostiene una foto de él y su hijo, José Torres, después de su graduación de su preparatoria, Palo Alto High School. Ahora, José estudia en la Universidad de Redlands.

Jaime tiene seis hijos, (el mayor tiene 42 años) y de los cinco que viven en México, cada uno dejó de ir a la escuela por la necesidad de la familia, justo como su papá. Sin embargo, cuando Jaime llegó a los EEUU y nació José, su último hijo, supo que esta vez sería diferente. Supo cuando el director de la escuela de primaria le dijo que su hijo era inteligente, y que algún día podría ir a la universidad.

“Tienes que ser el que triunfa,” le dijo Jaime a José, “ te tienes que sacar buenas calificaciones y enseñarles a tus hermanos.”

El resto de la familia tenía una opinión distinta – “nunca lo logrará, es una meta demasiada difícil, y además si lo logra, ¿como lo podrán pagar?”

No conocían a alguien de su situación quien lo había logrado. Simplemente no parecía posible. Jaime los ignoró.

“Con un poco de esfuerzo y sacrificio, mi hijo podrá lograr nuestra meta,” dijo.

Los años pasaron y Jose trabajo duro en la escuela y se saco buenas notas hasta que pronto llegó su último año de preparatoria, las solicitudes se acercaban. Fue una época difícil para Jaime y Josefina quienes no entendían bien el proceso de las solicitudes Americanas. Pero con la ayuda de los consejeros en Paly, José logró terminar sus solicitudes y escribió sus ensayos sobre como su primer viaje a México lo hizo ver por primera vez la pobreza en que se criaron sus papas.

En la primavera, las universidades empezaron a anunciar sus decisiones. Lo aceptaron en Saint Mary’s College of California, UC Santa Barbara, luego Fresno State. Cada vez Jaime se puso más emocionado – lo aceptaron en ocho universidades total. Cuando Redlands, una universidad en San Bernardino, le ofreció una beca de $27,000 José se decidió y José Torres se convirtió el primer miembro de su familia en inscribirse en la universidad.

 

La importancia de conseguir una educación

Hoy en día, se ha hecho cada vez más importante que estudiantes de primera generación como José Torres estudien en una universidad de cuatro años. La administración de la preparatoria de Palo Alto (Palo Alto High School o Paly) está consciente de este hecho y se esfuerza para apoyar a estos estudiantes. Se quieren asegurar de que tengan los recursos necesarios para continuar su educación.

Para alguien de bajos recursos, asistir a la universidad puede producir un cambio total en su vida. Una investigación hecha en 2013 por el College Board encontró que el 90 por ciento de los que fueron a la universidad subieron a otro nivel de ingresos mientras de los que no asistieron solo el 50 por ciento logró mejorar sus ingresos. Hoy en día sigue habiendo un gran porcentaje de estudiantes en el sistema de educación que vienen de familias que no han tenido la oportunidad de una educación universitaria pero, la organización College Board informó en 2011 que más de un tercio de los niños entre 5-17 años de edad son niños que podrían ser los primeros en sus familias en ir a la universidad. Además, Graduados de la universidad probablemente ganarán un promedio de $500,000 más que los que no fueron, aún incluyendo la deuda de asistir a la universidad. Según Erianna Davis, ir a la universidad significa la diferencia entre una ocupación y una carrera. La oportunidad de ser parte de una hermandad y de vivir en un dormitorio. La oportunidad de hacer algo que no logro hacer su mamá, quien tuvo su primer hijo a los dieciséis años.

Según Adrian Guzman, significa poder contestar lo que siempre le preguntan sus papas – ¿prefieres trabajar en un campo hasta que tengas 60 años o trabajar en una oficina con aire acondicionado?

Según Lisa Rogge, significa poder darles más oportunidades a sus hijos que las que ella tuvo.

Y para todos los 50 estudiantes de primera generación en Paly – aproximadamente el 10 por ciento de la clase del 2015 – ir a la universidad asegura la oportunidad de ayudarse a ellos mismos y a sus familias.

 

El sistema de apoyo

Sandra Cernobori y Alice Erber son las únicas consejeras universitarias en Paly, encargadas de ayudar a más o menos 1,000 estudiantes con sus solicitudes cada año. Para la mayoría de los estudiantes, sirven solamente como consejeras, pero para los estudiantes de primera generación son el sistema más importante de apoyo que tienen. Empezando en el segundo año de preparatoria, cada estudiante de Paly escoge un maestro entre varios quien los ayuda a entender como funciona la preparatoria. Durante el segundo año de preparatoria, los estudiantes se reúnen con sus consejeros dos veces por mes, pero en el último año las reuniones pasan menos a menudo a pesar de que sea la época en que se necesitan más. Cernobori y Erber reconocieron la falta de apoyo para los estudiantes de primera generación, y organizaron un grupo que se reúne para ayudar a estos estudiantes individualmente.

 

El grupo de primera generación

Foto por Jack Brook. Stephanie Estrada,  Elizabeth Mataelet, Akina Seymore, Gloria Guzman, Courtney Sperling, y Alexa Austin toman notas durante una reunión de primera generación.

Foto por Jack Brook. Stephanie Estrada, Elizabeth Mataelet, Akina Seymore, Gloria Guzman, Courtney Sperling, y Alexa Austin toman notas durante una reunión de primera generación.

Durante una reunión reciente, Cernobori y Erber ayudaron a los estudiantes a aplicar un programa diseñado para ayudar a estudiantes de pocos recursos inscribirse en universidades públicas. La solicitud para el EOP (Educational Opportunity Program) es casi como la de otra universidad, requiere ensayos, entrevistas, y formularios.

Durante esta reunión llegaron 17 estudiantes, pero según Cernobori, es común que solo lleguen 10. Sin embargo, como el grupo es informal, no hay mucho que puede hacer.

Cada reunión, las consejeras traen un almuerzo para los estudiantes y después de comer Cernobori les da información sobre el proceso de las solicitudes.

Primero Cernobori les pregunta que alcen la mano los que hayan terminado las solicitudes de UC o CSU (universidades públicas). Varios estudiantes alzan la mano. Luego les pregunta quién no ha terminado de finalizar su lista de escuelas. Esta vez nadie alza la mano.

“Se honestos”, les dice.

Lisa Rogge cautelosamente alza su mano.

“A lo mejor voy a intercambiar algunas escuelas”, dice. Otros estudiantes alzan la mano.

Cernobori les explica que ya es hora de finalizar la lista para poder entregarles los formularios necesarios a la administración. Les dice que si necesitan ayuda, ella estará disponible para ayudarlos en el laboratorio de computadoras.

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos inmensos de las consejeras, no consiguen ayudar a todos los estudiantes de primera generación.

Cernobori enseña cinco clases cada día donde ayuda a 500 estudiantes preparar sus solicitudes. El grupo de primera generación no es parte de su trabajo oficial.

Otras escuelas, incluyendo la segunda preparatoria en Palo Alto, Gunn, tienen consejeras que se dedican específicamente a trabajar con estudiantes de primera generación. Cernobori dice que le gustaría ver un sistema de apoyo similar al de Gunn en Paly, pero que para que funcione tendría que seguir siendo opcional.

 

La especialista de comunicaciones

Crystal Laguna nunca se reunió con su consejero durante la preparatoria. Según ella misma, era una de las estudiantes olvidadas por el sistema y sólo se enteró de que era elegible para graduarse el día antes de la ceremonia.

En su colegio comunitario, los consejeros le dijeron, “La universidad no es para todos, no hay por que tener sueños tan inalcanzables.”

Laguna no conocía a gente que se había graduado de la universidad y decidió confiar en lo que le habían dicho sus consejeros – tal vez tenían razón y la universidad no era para ella. Sin embargo, Laguna continuó su educación; se graduó cum laude de UCLA y más tarde sacó su maestría en educación de San José State University. Hoy trabaja como especialista de comunicaciones en Paly. Como hablante nativa de español, provee la comunicación esencial entre las consejeras de Paly y los padres latinos, y ayuda a organizar y dirigir noches de información para los padres latinos. “Quiero estar aquí para [los estudiantes de primera generación], para poder apoyarlos aunque oigan cosas negativas. “No tiene nada mal soñar en alcanzar lo que uno cree que podría ser capaz de realizar.”

 

Elegir un colegio comunitario

Lisa Rogge y Gloria Guzman, dos estudiantes de primera generación.

Lisa Rogge y Gloria Guzman, dos estudiantes de primera generación.

Según Cernobori, más del 80 por ciento de los estudiantes de Paly van directamente a una universidad de cuatro años después de terminar la secundaria. Aunque la colegio comunitario es una opción para el otro 20 por ciento, Cernobori sostiene que un porcentaje alto de los estudiantes en la colegio comunitario no acaban terminando.

Algunos estudiantes deciden ir a programas menos rigurosos de 2 años sin considerar una universidad de cuatro años. Cernobori y Erber les preguntan a estos estudiantes si están dispuestos a reconsiderar su decisión. En muchos casos, los estudiantes simplemente no se dan cuenta de que podrían asistir a una universidad de cuatro años, pero para otros, como Gloria Guzmán, hay razones más complicadas detrás de la decisión de inscribirse en un colegio comunitario.

“Yo me estaba enfocando en lo que los demás querían para mí en lugar de lo que yo quería”, dijo Guzmán. “Todo el mundo piensa que una universidad de cuatro años es lo mejor, pero yo quiero seguir un camino diferente.”

Desde que se convirtió hace dos años, a testigo de Jehová, Guzmán ha dedicado su vida al servicio de Dios. Hasta el verano pasado, Guzman planeaba asistir una universidad de cuatro años pero recientemente comenzó a dudar sus motivos y llegó a la conclusión de que no quería estar en un lugar donde podría perder su fe.

También hubieron otros factores que contribuyeron a su decisión. La madre de Guzmán nunca habló con su hija sobre la posibilidad de ir a una universidad hasta hace poco cuando se dio cuenta de que un diploma de preparatoria no sería suficiente para conseguir un buen trabajo. Sin embargo, nunca empujó a su hija a esforzarse en la escuela y no le molestaba que su hija se sacara calificaciones mediocres.

Como la hija mayor Guzmán ha tenido que apoyarse a sí misma y a sus hermanos menores a través de sus años en la escuela. Ella se encarga de mandarles correos electrónicos a los profesores de su hermano para asegurarse de que esté asistiendo sus clases; ella es la quien le ayuda a su hermana decidir a qué actividades inscribirse; ella es la que se asegura que ambos tengan amigos que sean influencias positivas para que puedan seguir teniendo éxito en la escuela.

“No puedo dejar a mi familia”, dice Guzmán. “Mi mamá nos apoya en la parte financiera, pero yo soy la que lee los ensayos de mi hermano. Yo soy el que le da clases en historia y biología a mi hermana.”

El dinero también es una preocupación. Guzmán conoce a muchos adultos que fueron a una universidad de cuatro años, pero que ya no trabajan en algo relacionado con la materia en que se especializaron, ella se preocupa que el precio de un diploma en una manera que no utilizará en el futuro es un riesgo demasiado grande para tomar.

Teniendo todos estos factores en cuenta, Guzmán planea inscribirse en un programa de enfermería en De Anza College pero sigue siendo optimista sobre la posibilidad de cambiarse a una universidad de cuatro años.

“La cantidad de estudiantes que se cambian [fuera de un colegio comunitario] es muy pequeño, pero es por que están inseguros sobre lo que quieren estudiar,” dice Guzmán. “Por el contrario, yo sé lo que quiero hacer y resultará ser más fácil.”

 

El apoyo del distrito

Además de los recursos proporcionados por los consejeros de Paly, el programa AVID fue fundado con el propósito de ser un recurso para estudiantes de primera generación desde el momento en que empiezan en Paly hasta que se gradúen. Este año, la administración de Paly decidió mejorar AVID y contrataron de maestra a Elizabeth Muelle.

Con el respaldo y apoyo del departamento de consejeros y de la administración, AVID ha crecido de una clase de 19 estudiantes a una de 35, la mayoría de quienes son estudiantes de primer año. Esto ha sido en parte por la publicidad sobre el programa en escuelas secundarias de Palo Alto el año pasado. Mueller tiene esperanzas de que crezca el número de estudiantes que participan en el programa AVID en los años que vienen y mientras continuara trabajando con la clase del 2018. Al ver el éxito y crecimiento del programa AVID, la directora de la preparatoria Kim Diorio dice que quiere ofrecer computadoras portátiles para cada uno de los estudiantes. Diorio también planea apuntar a Laguna como consejera específicamente para los estudiantes de AVID.

 

Buscando nuevas oportunidades para un futuro mejor

Estudiantes de primera generacion: Lennyn Castillo y Clarissa Valencia, hablan con la prima de Valencia, Cristal Valencia, después de la escuela.

Estudiantes de primera generacion: Lennyn Castillo y Clarissa Valencia, hablan con la prima de Valencia, Cristal Valencia, después de la escuela.

El padre de Clarissa Valencia dejó la preparatoria para mantener a su familia, y su madre dejo la escuela en su último año después de quedarse embarazada. Su madre, una maestra de preescolar, luchó para mantener a Valencia en las escuelas de Palo Alto, aun cuando vivían en Hayward. Hoy, Valencia vive en un apartamento en Palo Alto, con su madre, su hermana, su padrastro y sus dos hermanastros.

Antes, Valencia solo se imaginaba en un colegio comunitario, pero sus reuniones con la consejera Erber la ayudaron a motivarse y cambió de opinión. Hoy, Valencia toma varias clases que la ayudan a prepararse para el proceso de las solicitudes y participa activamente en el grupo de primera generación.

“Las consejeras de Paly me enseñaron la posibilidad [de asistir a una universidad de cuatro años],” dijo Valencia.

Sobre sus amigos de primera generación, Valencia añade que aunque conoce algunos estudiantes que se están esforzando, los demás – a pesar de ser inteligentes y capaces – simplemente no se esfuerzan. Valencia reconoce el hecho de que Cernobori y Erber solo pueden hacer tanto y que hay una falta de esfuerzo por la parte de los estudiantes.

También existen otros recursos para aquellos estudiantes que están dispuestos a esforzarse, incluyendo el programa College Track de East Palo Alto y la Foundation for a College Education. Aún así, depende de la dedicación de de los estudiantes y cuanto aprovechan de estos recursos.

De todos sus amigos, Valencia es la única que sigue yendo a las reuniones de primera generación. Ella dice que a pesar de que muchos estudiantes de primera generación tienen la oportunidad de ir a un UC o CSU, no sienten la necesidad de buscar una educación más allá que el colegio comunitario debido a que sus padres y hermanos nunca lo hicieron.

“Yo no creo que se pueda obligar a alguien a querer algo,” dice Valencia.

Aún así, Valencia ha inspirado a algunos de sus familiares a que quieran ir a la universidad.

“Tengo un primo que es dos años más joven que yo,” dice Valencia. “Cuando le contaba de mi progreso en mis solicitudes se ponía muy emocionado. Le dijo a su madre: “Clarissa va a ser la primera niña de la familia que se gradue de la preparatoria y que se inscriban en una universidad, yo voy a ser el primer niño.'”

Lograr lo que parece ser una meta inalcanzable para el resto de la familia es algo importante: Valencia recuerda que de chiquita sus tíos apostaron que se iba a embarazar antes de que cumpliera 16 años, como les había sucedido a varias otras mujeres en su familia. Sin embargo, Valencia ha evitado este destino y está en camino a inscribirse en una universidad de cuatro años.

“La gente que conozco que no fueron a la universidad no están viviendo muy bien,” dice Valencia. “O son dependientes, o no tienen un lugar estable donde vivir, o están viviendo con sus papás. Para tener un futuro, tienes que ir a la universidad “.

 

Nos colocamos en los hombros de gigantes

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Nos apoyamos en los hombros de gigantes.

Para Jaime, ver a su hijo hablando en frente de todas las familias fue la satisfacción más grande que jamás había sentido en su vida, y para Josefina, “su Corazón no cabía dentro de su pecho por la emoción”.

Cada profesor sueña con hacer una profunda diferencia en la vida de sus estudiantes, y Laguna, Cernobori y los demás consiguieron hacer eso mismo para José. Quiero darles las gracias a todos los maestros y consejeros que creyeron en mí y que me animaron a siempre mejorar … Con su ayuda, y la ayuda de los consejeros universitarios, voy a ir a la universidad.

Si hubieras estado allí aquella tarde de mayo, hubieras reconocido el discurso de José como el que recibió el aplauso más distinguido y que hasta hizo al altavoz llorar mientras dijo las líneas finales, dirigidas a sus papás: mil gracias por todo lo que me han dado y todo lo que me darán en el futuro. Sin ustedes no estaría donde hoy día estoy, y yo no sería el hombre que hoy día soy. Te amo mamá. Te amo papá.

 

por Jack Brook y Siddharth Srinivasan

traducido por Ana Sofía Amieva-Wang